miércoles, 19 de septiembre de 2012

Una historia personal de Camarón


Declaro que José Monge Cruz, Camarón de la Isla, linaje y revolución del arte flamenco, patriarca y mesías de los gitanos, príncipe de los artistas, el más ilustre y portentoso cantaor gaditano, se me ha aparecido tres veces antes de cumplir veinte años de muerto.
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            Dicen que este dos de julio cumplimos dos decenios sin Camarón. Yo, al menos, no lo he extrañado. Recuerdo que aquella húmeda noche de jueves del verano de 1992 iba manejando en la carretera, solo, hacia San Luis Potosí. En cuanto cerró el fandango, me imaginé al de la Isla parándose de la silla con su característico ademán de «ahí queda eso», expulsé el caset de París 1987 para detenerme a cargar gasolina y entró por las bocinas una bulería suya. Pensé que se había quedado la cinta dentro, saqué la cajilla de plástico completamente, le di un par de golpecitos por costumbre y su cante no cesó. Me desconcertó escucharlo por la radio, en aquel tiempo no sonaba ni en la de Andalucía: subí el volumen y oí a un periodista de deportes aficionado a los toros (Camarón fue novillero y estuvo siempre muy cerca del mundo taurino) dar la noticia de su muerte.
            José Monge Cruz tenía entonces 41 años, dos más que yo cuando escribo esto. Su enfermedad adictiva había sido exhibida sin decencia por los medios mientras sufría de cáncer prácticamente en secreto. El locutor dijo que había “fallecido en Barcelona, por causa de una sobredosis” (días después me sentí indignado por aquella nota irresponsable e irrespetuosa, al confirmarse que había muerto de una insuficiencia ocasionada por la metástasis pulmonar). Yo conocía el rumor de que llevaba meses enfermo, que había estado en Houston; que tenía desde enero sin cantar; de sus dificultades en el set de la película Sevillanas, de Carlos Saura, por la salud… Seguí pues mi camino en completo silencio, llegué a mi destino y le robé a mi Güelu medio vaso de güisqui: un “pelotazo” como los que bebía Camarón.
            Mi Güelu, mi abuelo Jorge Fernández Ozores, fue quien que me lo presentó —como tantas otras gemas en mi vida—. Atesoraba una cinta que le había enviado desde Vancouver un amigo suyo, también aficionado al cante, grabada en directo por él mismo en una juerga flamenca con el genio de San Fernando y con Paco de Lucía. Años después, un colega de cuyo nombre no quiero acordarme regrabó a Mc Hammer sobre la joya irrepetible. Aunque durante la adolescencia era mi hábito atormentar a mis amigos en las fiestas y en los viajes con mis casets del de la Isla, no fue razonable el correctivo: sigo pensando que aquella catástrofe fue un verdadero acto de terrorismo cultural. Aunque siempre extrañaré ese audio inédito, no extrañé entonces a mi cantaor.
            El primer disco compacto que compré fue uno de José Monge. Poco a poco reuní mi colección. Seguí intentando compartir su arte, ahora sólo con las personas que mostraban cierta disposición: los cargaba a todos lados en una cajita de madera, sin perderlos de vista, en espera de que se presentara el ambiente necesario para escucharlo. Cuando había juntado los diecisiete discos que editó en vida, mi compadre Juanjo se llevó mi ejemplar de Flamenco vivo a su casa de Valle de Bravo. A media noche, un enigmático ladronzuelo corrió la puerta de su habitación, que daba al bosque, y sustrajo, entre otras cosas, su grabadora, con mi disco dentro. En esos años era muy difícil conseguir los álbumes, había que importarlos, eran costosos, algunos estaban descatalogados… Una vez repuesta, mi arca del cante no volvió a salir de casa.
            Salieron, sin embargo, muchas copias conmigo y para otros. En mis tiempos de novillero llevaba su duende en los audífonos mientras soñaba el toreo, dando capotazos a un toro imaginario en la soledad de un salón o en un paraje apartado. He seguido comprando sus discos (algo más accesibles luego de su desaparición), en honor a mi deuda con el abuelo, para regalar a almas cabales que terminaron siendo —felizmente— más camaroneros que yo. El vínculo taurino obtuvo sus mejores frutos, no sólo por la colindancia histórica entre ambas expresiones, sino por la disposición de quien disfruta estos ejercicios espirituales: recuerdo algunos viajes con mi compadre Alejandro, cantando “Soy gitano” hasta quedarnos roncos. Hasta mi compadre Emilio —en un principio enganchado bajo la invocación de que el histórico cantaor Silverio Franconetti tenía origen romano— llegó a degustar a su aire los cantes de la Bahía.
            Me acompañó la voz de José hasta las entrañas de la tierra: en una pequeña playa, en lo más hondo de una gruta inmensa, pasé la noche escuchándolo, buscando la cercanía con la profundidad de su quejío. Y hasta las nubes: Camarón fue mi alivio —mi vínculo, mi hogar— en vuelos largos y lugares extraños. Incluso llegué a coquetear con el tatuaje de la luna y la estrella, a juntar en mi pecho una buena cantidad de amuletos, cadenas y pendientes, de pulseras y anillos en mis manos que portaba sin pudor imitando a mi héroe artístico. Tampoco entonces, cuando encontrar cualquier imagen suya era un acontecimiento, lo extrañé.
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            Finalmente fui a buscarlo a España, aunque tenía siete años de muerto. Llegando a Madrid compré la biografía que escribió Francisco Peregil, que leí en una noche. “Tenía que ir a Madrid. Es donde el artista —igual que el futbolista, igual que el torero— se hacen” dijo en una entrevista en 1988. Lo busqué en el tablao Torres Bermejas, luego en el rastro madrileño: pasé dos días con una gitana vieja que le había dado de comer, aprendiendo frases en caló y la música de los gritos de las vendedoras zíngaras. El fundamento musical de Camarón fue, creo, esta natural forma de hablar de su pueblo, tan armónica como un instrumento de viento en boca sabia.
            De paso por Guadalajara, Alcalá y Sevilla, llegué a Jerez siguiendo a Curro Romero, uno de esos genios que supieron valorarlo —y consentirlo—, quizás porque se reflejaba en el azogue de su arte. A la mañana siguiente de la vendimia y de la fiesta de la bulería jerezanas, tomé el coche hacia Cádiz. Se celebraba el XXVII Congreso Internacional de Arte Flamenco y homenajeaban a Camarón.
            Ya en San Fernando, un jueves 9 de septiembre de 1999, me acerqué a comer a la Venta de Vargas, mítico parador que vio nacer como artista a su ilustre vecino. Allí me encontré al cantaor Rancapino, su amigo de juventud, y a Raimundo Amador, con quien grabó La leyenda del tiempo. En el bar, medio sentados en un par de bancos altos, nos comimos unas tortillitas de camarón (en Cádiz, los camarones son muy pequeños, casi transparentes; de allí surgió el mote: de niño, José era muy delgadito y rubio) y dos fuentes de mariscos que apenas cabían en la amplia barra, acompañadas con una manzanilla de Sanlúcar que escurría por fuera de su helada botella todas las gotas saladas de la bahía. Tocando palmas a un niño de unos diez años que cantaba como no había escuchado cantar a ningún infante, nos fuimos caminando al atrio del ayuntamiento, donde Tomatito, su fiel guitarrista de los últimos años, encabezaría el concierto multitudinario.
            El cartel del acontecimiento estaba tan cotizado en la ciudad y sus alrededores, que tuve que dejarle a cambio al dueño del bar adyacente a la plaza el tequila que iba a regalarle a mi anfitrión. Una vez en mi sitio, una brisa fresca, casi cítrica, ventiló el bochorno salinero que había dejado la llovizna; entonces apareció José Fernández y las notas de su guitarra ondearon el pelo de los asistentes con su levante almeriense. Además de mis comensales de ese día, figuras como Carmen Linares, Marina Heredia, Juan Habichuela y Niña Pastori fueron tomando su turno para ser acompañados por el Tomate y recordar al cañaíllo. Ni en el vidrio que condensaba, ni el viento que inundaba… yo ya no sabía dónde esconder mis lágrimas. Vino entonces la hora de asistir a la Peña de Camarón y retomamos la Calle Real para llegar al recinto.
            Una peña flamenca no es un tablao. Tampoco es un teatro. Si bien la de Camarón de la Isla era muy reciente en comparación con algunos ejemplos trianeros o granadinos, puedo decir que, al menos hace doce años, era la madre entre las de su clase. Si en Euskadi la miga de las sociedades gastronómicas está en los fogones, en el rincón del sur el acento está en el escenario. Pero el arte allí no se escenifica: como en cualquier cofradía, se comparte. La peña de San Fernando tenía unas veinte mesas en la planta baja y unas ocho en el sotabanco, las paredes apilaban cuadros y carteles que no pude revisar en su totalidad y tenía un ambiente encendido, entrañable, con la gente muy atenta y sensibilizada, como en un suceso histórico: todos nos conocíamos por el hecho de estar allí.
            Luego de las extraordinarias actuaciones del concierto, la intimidad de la peña —a donde había sido más difícil entrar esa noche que a ningún prestigioso antro de Madrid— recibió con gusto a los artistas locales con menos trayectoria. Entonces, detrás de una bambalina, apareció mi Camarón por primera vez. El barullo desapareció de inmediato, las copas (por cierto, en este lugar se interrumpe el servicio mientras los artistas están sobre el entablado) dejaron de encontrarse unas con otras. Con el auditorio en completo silencio, Camarón se acomodó en su silla de madera y comenzó a limpiarse la garganta.
            “El Pijote” es uno de los hermanos mayores de José. Su parecido físico, el viento gaditano, el fino de Sanlúcar y las emociones acumuladas durante el día bastaron para que el fantasma se materializara. Hasta que concluyó la larga e inspirada introducción del guitarrista salimos del pasmo. Entonces, del pecho de Jesús Monge Cruz salieron los primeros ayes, desvelando el secreto de las esencias canasteras y fragüeras, con un cante tan reminiscente del genio como desnudo y personal. Tras la breve aparición, el estruendo de aplausos y oles volvió a esconder al gran Pijote detrás del fraternal mito. Nunca he extrañado menos a Camarón que en esa noche de ensueño.
            “Viva la noshe y muera er día” se le salió en una entrevista. Cerca de la hora en que los bares van enfilando sus tapas dentro de sus vitrinas, el barullo de los pocos excursionistas que desocupaban el hostal me hizo despertar y, tras una tostá y un café, salí a buscar el origen de José Monge. Siempre he sido una persona muy tímida: sólo la generosidad de los andaluces y el sutil acento potosino me habían llevado tan lejos; si mi búsqueda era exitosa, me limitaría a observar la fachada e imaginar los días de la fragua: ni pensar en ir preguntando si allí había vivido Camarón... Las direcciones proporcionadas el día anterior me enfilaron hacia el barrio de Callejuelas, entre callejas desiertas de gitanos y moscas tomando la siesta.
            ¿Dónde lo encontraría, en la calle del Carmen, en Orlando, en la calle de la Amargura? Los frontispicios de sus primeros años: la casa donde nació, las fraguas donde su padre marcaba con el martillo y el yunque el compás de su niñez. No tuve mucha suerte en esta incipiente ruta de Camarón: encontré la casa del Carmen y la fragua de Amargura, las observé un momento, pero mi natural facilidad para coger en el rostro el color del crustáceo cocido me impidió tocar a las puertas.
            Pensando en los frutos del mar, tomé de nuevo camino hacia la Venta de Vargas. Había andado un par de cuadras cuando me topé con la plaza de toros de San Fernando. El sol a plomo me hizo buscar una sombra y sentarme a beber una botella de agua en la banqueta desolada. El viento colmado de salmuera sopló de nuevo y mi Camarón se apareció por segunda vez. Con la cara cubierta por la boina y las botas por el albero, la imagen en sepia de un Camarón adolescente asomó su cuerpecillo menudo por la puerta de taquillas del coso, se echó el lío de maletilla al hombro, cerró la puerta y desapareció calle abajo, canturreando y dando muletazos con el dorso de la mano. Tampoco lo extrañé aquel viernes señero al alejarme de la Isla de León, camino hacia África.
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            Durante años, Camarón fue el protagonista sobre todo de mi soledad: entorno indispensable para poner todos los sentidos en su arte; única forma de acercarse a su complejidad, a su paleta inagotable de registros. Con mis amigos flamencos hubo pocas ocasiones y pocos espacios para escucharlo como Dios manda. Pero un día la vida me regaló la oportunidad de mudarme con mi hermano Luis Miguel y dentro de nuestro pequeño departamento fundamos juntos —entre otras cosas— un enclave musical impecable y próspero.
            A mi hermano lo he extrañado todos los días desde que se fue. En muchos sentidos él sí me dejó desamparado. Lo extraño cuando escucho la canción que Camarón grabó —sin encontrarse nunca— con Ana Belén: “Amor de conuco”, su preferida de nuestras sesiones. Lo extraño también cuando oigo la versión de “Contigo” de la Niña Pastori, que traía en la maleta para regalarle el día que no volví a verlo… En fin, mi hermano tenía una sensibilidad colosal: era capaz de sumirse conmigo en una seguiriya y luego sorprenderme durante su turno con cualesquiera de sus descubrimientos troveros. Pero principalmente, era un palmero prodigioso: podía seguir el compás de cualquier palo sin conocerlo de antemano y marcarle el contratiempo a cualquier profesional en un tablao.
            Finalmente hizo su aparición en nuestras vidas el ubicuo Youtube y los resquicios por donde es posible meter al flamenco se multiplicaron: aunque sigue siendo difícil encontrar el momento idóneo durante una reunión destinada a compartir videos, en estos días las imágenes ayudan a recoger y —en algunos inolvidables casos— mantener la atención de los asistentes mientras José se rompe en un fandango grabado en directo. Menos que antes lo he extrañado ahora.
            Les he cantado —siempre en voz baja, a veces en secreto— la “Nana del caballo grande” a mis ahijados y sobrinos. A mi hija, de vez en cuando, muy atento a sus gestos, le pongo a Camarón, sobre todo algunos tangos: después de tantas experiencias desafortunadas, me aterroriza que llegue a percibirse como una imposición. Me tardé veinte años en imponerlo a mis lectores. Si bien es el cantaor más popular de todos los tiempos, el cante, en general, sigue siendo un arte menospreciado por el gran público: la guitarra de Paco de Lucía y el baile de Joaquín Cortés son los referentes más inmediatos. Génesis del arte, es ahora acompañamiento.
            Lo descubrí —gracias a la improbable pero sensible afición de un abuelo asturiano— durante la secundaria, cuando encontré que ese eco intuitivo que había resonado siempre dentro de mi cabeza se llamaba flamenco; creció cuando era la música más remota e impertinente dentro de los círculos geográficos y sociales de mi adolescencia; fue bandera de mi rebeldía, orgullo de mi personalidad en cierne; maestro y sinodal del sueño taurómaco… sin embargo, para no caer en lugares comunes, aún no me atrevo a intentar precisar en dónde reside el arte poderoso y elegante de Camarón de la Isla.
            Hace unas noches, ya casi de madrugada, redactando este texto, vino mi Camarón por tercera vez: encontré un video —inédito para mí— de sus famosos conciertos en París. Tiene muy buena calidad, a diferencia de la mayoría de grabaciones de aquellos tiempos. Me quedé absorto viendo y escuchando a un José muy entero, sabio, maduro, de vena, concentrado, sensual, disfrutando el cante.
            En unos tangos, el de la Isla arriesga con mucha valentía una nota que parecía imposible de alcanzar; con las venas del cuello a punto de explotarle, acude a lo más profundo de su vientre, alarga aún más el quejío que retruena con su brutal honestidad y remata con un timbre majestuoso, grácil, casi tierno. Al tener puestos los audífonos, no medí el olé que se me salió del corazón y mi esposa bajó, asustada, a ver por qué había gritado. Una vez aclarado el arranque, volví a cerrar los ojos y observé a José mirándome con su sonrisilla maliciosa, satisfecho por haberme provocado una situación comprometida.
            Las palabras de Camarón eran «perdurar» y «transmitir». Al no haber hablado nunca con él, al no haber tenido el privilegio de su presencia, lo que ha quedado en mí ha sido su arte. Su estremecedor, todopoderoso y sofisticado arte. La transmisión, la emoción estética que ha logrado producirme a través de los años ha sido tal que no he podido comenzar a echarlo de menos: no lo he extrañado en estos veinte años, no lo extraño hoy, quizás no lo extrañaré nunca. Su cante perdura porque está formado por el mismo júbilo y por el mismo dolor profundo que es vivir.

viernes, 27 de julio de 2012

La retórica del futbol II

Hace unos meses escribíamos en este espacio sobre la vertiente exquisita del futbol. Decíamos que hacer ver fácil lo difícil es una cualidad artística y, por tanto, nos sorprendíamos con la magnitud estética que pueden alcanzar once personas jugando a la pelota.
            A propósito de un marcador abultado que el equipo que dirigía Josep Guardiola logró en noviembre del 2010, asegurábamos que había sido capaz de generar, en lo particular y en conjunto, el sueño del futbol —y de Agamenón—: el de la eficacia que permite la retórica. Sin duda, hasta entonces, habíamos presenciado el mejor balompié de la historia.
            Este año, el deporte favorito de los panaderos —y de los reyes— volvió a asombrarnos. Una propuesta con virtudes distintas se sobrepuso y venció a lo que parecía insuperable: el Real Madrid se coronó en España, derrotando al Barcelona en su propio campo. No fue sólo un juego preciosista sino el triunfo del talento aunado a un carácter y un trabajo singulares.
            Sin embargo, aunque se calculaba improbable, el domingo pasado tuvimos la fortuna de presenciar la cumbre histórica de este ejercicio de pies y cabeza: la Selección Española eclipsó a todas las manifestaciones anteriores, a todas las escuelas, a todos los astros. El concierto en la final ante Italia fue nada menos que una obra maestra: una hermosa y armónica danza billarística, rematada hasta cuatro veces por un estallido en la tronera de Gianluigi Buffon. Por cierto, los azzurri sólo habían recibido cuatro goles dentro de una Eurocopa en 2008… sólo que fueron encajados durante todo el torneo.
            Es difícil definir si el poderío de este equipo reside en las genialidades de cada uno de sus jugadores —en el talento individual— o en que la eufonía del conjunto potencia la calidad de sus elementos —en la solidez del grupo—. Tal vez es el primer equipo en la historia que equilibra estas dos fuerzas con una medida tan exacta: el Brasil del setenta tenía a Pelé, que doblaba la balanza; Alemania siempre ha basado sus triunfos en la asociación (ni Beckenbauer torcía la regla); hasta el Barcelona citado tuvo en Messi su bandazo…
            No sólo fue la culminación de un estilo de juego, fue la consagración de unos valores: España hizo un futbol limpio, se comportó con caballerosidad dentro y fuera de la cancha, respetó a los árbitros, honró a sus contrincantes (es ya famosa la imagen de Iker Casillas, hacia el final del partido, pidiendo respeto para Italia al juez de línea), a sus compañeros desaparecidos y en todo momento privilegió el lugar de las familias, de los niños que los acompañaban.
            Desterró las enemistades de un vestuario escindido por la dicotomía Madrid-Barcelona, superó la natural falta de ambición luego de haber conquistado consecutivamente las dos copas más importantes del mundo, tuvo que suplir a dos integrantes fundamentales (Pujol y Villa), reponerse a la avalancha de críticas ante una alineación poco ortodoxa y cargar con el estigma de favorito. Vicente del Bosque, desde su humildad, sencillez, valor y sabiduría fue el artífice de este logro monumental.
            En lo puramente deportivo, todos los atletas españoles, incluso los que no tuvieron la oportunidad de disputar un minuto, superaron las expectativas, de por sí muy altas. Todo el mundo está de acuerdo en que Casillas, Xabi, Xavi e Iniesta son unos genios: en esta ocasión queremos destacar la participación de un jugador cuya posición en el campo es pocas veces el centro de los reflectores.
            Una famosa marca de aceites patrocina para la UEFA un complejo y escrupuloso índice de efectividad dentro de la competición. Analiza y califica las actuaciones individuales, mide el impacto de las acciones de cada jugador: cada pase, intercepción o disparo suma puntos, según incluso la zona del campo donde sucedan y el desenlace de éstos. En la Euro 2012, el futbolista que entre los casi 400 participantes alcanzó mayor puntaje fue Sergio Ramos: 9.68.
            El vigor, movilidad, categoría, inteligencia, pundonor, solidez, constancia y precisión de este defensa madridista sirve para ejemplificar muy bien por qué esta selección es considerada ya la mejor de la historia. Ramos es como un gran vino español: presume potencia, profundidad y elegancia (luego de haber fallado un penalti crucial con su club hace unos meses, tuvo la valentía y la clase de ejecutar uno a lo Panenka, sublime). Y por si esto fuera poco, a la hora del festejo del 1 de julio pegó, con un capote de Alejandro Talavante, en los medios del estadio olímpico de Kiev, las mejores verónicas que se han visto en todo el este de Europa.

lunes, 18 de junio de 2012

La Guía Peñín brinca el charco

Hace unas semanas nos encontramos con la Guía Peñín de los mejores vinos de Argentina, Chile, España y México 2012. José Peñín es un catador, periodista, escritor, editor, conferencista y empresario leonés nacido en 1943. Es el fundador de este compendio que suma más de 20 años juzgando al vino español y que ahora extiende sus dictámenes al vino latinoamericano.
            En primera instancia, nos surgió la siguiente pregunta: ¿con qué perspectiva juzgarán Peñín y su equipo a los caldos de estos países del nuevo mundo, dado que sus valoraciones se centran tradicionalmente en la tipicidad de la zona de origen? Las publicaciones estadounidenses (Parker, Tanzer o Wine Spectator) e inglesas (Decanter), que ejercen la mayor influencia en los mercados más importantes, califican vinos de casi todo el planeta lo que permite la “comparación” entre distintas naciones vinícolas; por otro lado, los críticos de Francia, Italia y España normalmente se restringen a las etiquetas nativas. Siempre habíamos sentido curiosidad de cómo valoraría Peñín —permítanos la asimetría— un Margaux, un Caymus, un Único de Santo Tomás o un Catena.
            Este primer esfuerzo de los españoles es algo muy positivo por lo anterior pero también algo desconcertante: deducimos por los prólogos que han catado cerca de 2,300 muestras de nuestro lado del charco y como sólo aparecen las etiquetas que han superado los 90 puntos (a saber: excelentes y excepcionales), no sabemos si las bodegas fundamentales que no se reseñaron estuvieron debajo de este parámetro o simplemente no formaron parte de las catas.
            Cerca de 500 vinos hispanoamericanos, según Peñín, franquean el rasero: más o menos 45 mexicanos, 250 argentinos y 180 chilenos. Ninguno de los nuestros alcanzó la categoría de excepcional, esto es, según su propia descripción, el que “Sobresale entre los de su tipo, añada y tipicidad de la zona. Impresiona extraordinariamente todos los sentidos. Complejo, lleno de registros tanto olfativos como gustativos producidos por el conjunto de los valores del suelo, variedad, elaboración y crianza; es elegante y fuera de lo común; es decir, alejado de los estándares comerciales y, en algunos casos, extraño para el gran público”.
            El podio mexicano lo ocuparon:
            1. 94 puntos: Equinoccio Nebbiolo 2007, de Viñedos Lafarga.
           2. 93 puntos: 23 de Septiembre 2008, de Aborigen, y Tinto del Mogorcito 2007, de Viñas de Garza.
           3. 92 puntos: Kerubiel 2008 y Miguel 2006, de Adobe Guadalupe; El Gran Vino fume blanc 2006, de Chateau Camou; Homenage L 2008, de Liceaga; Nebbiolo 2008, de Las Nubes; Nebbiolo 2009, de Bella Terra y Propuesta 2008, de Alximia.
            Es de notar que Calixa cabernet-syrah 2008 ($200), de Monte Xanic, obtuvo los mismos puntos que Vino de Piedra 2008 ($800) o que Furvus, de Santo Tomás ($1,300): 90. Como decíamos, esto desconcierta: ningún vino que no precediera de Baja California Norte fue reseñado.
            En cuanto a Chile, previsiblemente, el podio resultó algo más holgado que en nuestro país. Siete vinos alcanzaron la categoría de excepcionales: un blanco seco, Erasmo Torontel 2008 (96 puntos), y dos blancos dulces, Miguel Torres Vendimia Tardía 2008 (95) y Undurraga Late Harvest 2009 (95). Almaviva 2008 (96), Caballo Loco No. 12 (95), Carmín de Peumo 2003 —otra característica desconcertante de la selección de Peñín: en el mercado se encuentra ya la añada 2008— (95 puntos) y Gran Bosque Reserva familiar 2007 (95).
            Este país andino es el que, según nuestro punto de vista, menos ausencias notables tiene —sólo Viña Seña, el extraordinario vino de Mondavi y Chadwick— y la cata de Peñín aquí parece ser la más consistente… aunque no dejamos de calcular que Apalta, Don Maximiano y Don Melchor son ejemplares que merecerían superar los 93 puntos.
            Otra cosa es la revisión de Argentina: pensamos que cualquier guía de sus vinos en donde no se encuentre referencia alguna de Achaval Ferrer y Viña Cobos —junto con Catena Zapata los iconos del país del malbec— es un ejercicio liviano. Sólo Val de Flores 2005; S 2005, de Schroeder; PZ 2007, de Mapema, y Gernot Langes 2005, de Norton, alcanzaron los 95 puntos.
            El Enemigo malbec 2008 es el tinto mejor calificado del grupo Catena (94); el Nicolás Catena 2006 ($ 1,500), un soberbio cabernet-malbec de Mendoza, comparte calificación con un Las Moras Etiqueta Negra —sea del año que sea—: sin duda un juicio aventurado, por decirlo de alguna manera. Ninguno de los tintos que proceden de los viñedos más singulares de esta magnífica casa vinícola —Argentino, Adriana o Nicasia— aparecen en la lista.
            En cuanto a España, las etiquetas estelares de bodegas como Contador, Vega Sicilia, Artadi, Alto Moncayo, Marqués de Murrieta, Roda, Álvaro Palacios, Sierra Cantabria, Atauta, Pingus, J. Palacios, Sastre, Capellanes, Carraovejas, Allende, Numanthia, Jiménez Landi, Abadía Retuerta, Remírez de Ganuza, El Nido, Raúl Pérez, etc. siguen ocupando la galaxia del vino español.
            Las novedades o anuncios destacables son, por ejemplo, que finalmente Peñín califica a Spectacle del Montsant —debuta en la guía con nota extraordinaria en dos cosechas—; que aparece un cava con 97 puntos: Gramona Celler Batlle 2000 (siempre estos vinos a la sombra de Champagne); que dos de los tres tintos toresanos de Teso la Monja (Alabaster y Victorino, Almírez no baja de 93) oscilan entre los 96 y 97 puntos en dos cosechas consecutivas y que vinos de variedades como bobal (Quincha Corral), negramoll (Magma de Cráter) y manto negro (Sió) alcanzan el podio.
            Tenemos que decir que la base de datos en la página web de Peñín deja mucho que desear: no pueden rastrearse cosechas antiguas o vinos de menor calificación a 90, las búsquedas son ineficaces y el diseño obsoleto.
            La edición en papel no agradece en particular a ningún experto mexicano como lo hace con algunos sudamericanos, lo cual nos hace pensar que hizo falta acercamiento o búsqueda de orientación con nuestros profesionales. Si bien meter al país dentro de este saco de productores debe resultar en una exposición internacional positiva, es deseable que este tipo de herramientas para el consumidor sean más representativas de la variedad y calidad de vinos que produce México.

martes, 29 de mayo de 2012

El bálsamo de la perfección

El placer que produce el vino no es muy distinto al que genera el arte gráfico, la escultura o la arquitectura, sin embargo, no podemos encontrar un gran vino disponible para su cata en un museo, en una glorieta o al pasar por la calle. Hace muchos años que el concierto o la puesta en escena son accesibles a la mayoría. La obra de arte cinematográfica cuesta menos que el blockbuster, la poesía se regala y la invitación dancística tiene sus espacios. No sostengo por ello que la cultura está suficientemente bien promovida, fomentada o administrada, pero el que desea mojar sus zapatos puede a menudo dejarse salpicar por lo que rocían las fuentes que ocupan nuestras plazas.
            Desgraciadamente, el caldo que conmueve es patrimonio de quien puede costearlo (o del que tiene la suerte de estar cerca de quien puede). No es un producto democrático. Es exclusivo, por lo tanto, antipático. Está destinado a desaparecer ante un mínimo capricho de nuestro frágil sistema global. La sofisticación es tanto privilegio de la decadencia como el arte es fruto de la opulencia, al menos en cuanto a que la saciedad llega con el regalo de la tregua: cuando está llena la barriga de los hijos nos queda tiempo para pensar, para crear… también para observar o explorar. Luego de un debate intenso, lo que el ser humano esgrimiría ante su extintor sería la pureza de su espíritu creativo, el mismo que generó el concepto del amor, o del sacrificio. Al menos eso soñé luego de una noche de televisión sobre catástrofes mayas e invasiones extraterrestres.
            El refinamiento es una búsqueda inmemorial: me gusta pensar que la belleza en su sentido más amplio es lo único que puede ordenar el universo. Es posible que usted, caro lector, sienta que en el mejor de los casos es un disparate proponer que el jugo fermentado de la uva tiene lugar en un escarceo sobre estética o que puede dar sentido a nuestra existencia. Si este es su caso no voy a contradecirlo, le sugiero que ponga en el lugar del vino su manifestación humana favorita, quizás así estas ideas encuentren pertinencia.
            La cuestión es que cuando se está cerca de un alma lujosa, la fortuna siente ganas de presumir: una vertical de tres añadas consecutivas de Termanthia, incluida la 2004, es una experiencia a la que, idealmente, tanto el arrepentido cazaelefantes como el ciudadano de a pie deberían tener derecho a presentarse: hacer fila para pasar frente a las copas, al menos olfatearlas y comprar un suvenir. Nadie puede llevarse a su casa Las meninas pero su exhibición contribuye  a su carácter referencial.
            Se desmarca a menudo el hombre de la perfección: es soberbia. A su producto, sin embargo, se le permite hablar más libremente de su genio. El único defecto que se encuentra en el Termanthia 2004 es que su esfera arquetípica está dibujada antes por sus hermanos más viejos: para hallar los pixeles menos definidos en 2002 y 2003 hay que hacer un zoom de relojero; si bien éstas no se reconocen como muy buenas cosechas en la ya mítica denominación zamorana, los orfebres que las delinearon deben tener un pacto mágico con la tierra, con el sol y con el agua.
            Según el afamado crítico Robert Parker, sólo diez tintos en el mundo alcanzaron la excelsitud en el 2004: los 100 puntos en una escala que va de 50 a 100. Termanthia de la bodega toresana Numanthia, en aquel entonces aún parte del grupo Eguren  fue uno de ellos. Definirlo, hacer una nota de cata, en los términos que se han expuesto aquí sería como tratar de explicar en cuatro palabras El principito o la Gran Misa de Bach. Digamos que su excelencia absoluta radica en la ausencia de defectos y en tres virtudes notables: la definición de sus elementos (cromáticos, aromáticos, gustativos, que lo hacen absolutamente singular), la armonía entre ellos y la emoción que produce.
            Es un bálsamo saber que si bien no soy capaz de producir algo impecable, el espíritu humano por medio del arte al menos puede ofrecernos un sorbo de perfección.