viernes, 25 de enero de 2013

¿Por qué hay que leer el Quijote?

 

Como hispanohablantes, sabemos que la obra literaria más importante de nuestra lengua es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, estamos al tanto que fue compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra y que comienza desta manera: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”
            Somos capaces, seguramente, de dibujar con detalle la silueta del Caballero de la Triste Figura, conocemos el nombre de su rocín, de su escudero y de su amada; podemos contar, al menos, la aventura de los molinos e incluso tararear “El sueño imposible”. Es probable que hayamos asistido a algún festival cervantino, que usemos con naturalidad el término «quijotesco» y alguno de sus refranes…
            Pero ¿cuántos hemos leído el Quijote en realidad?, ¿cuántos hemos tomado el libro que preside cualquier biblioteca que se precie (quizás herencia del abuelo) y andado por sus páginas?, ¿cuántos hemos franqueado la lectura obligatoria de la secundaria?
            La primera de las novelas modernas (en conjunto, pues son dos novelas) no sólo es primordial en cuanto a su género literario, es también una obra auténticamente inédita y revolucionaria, es el hilo negro, es algo nuevo bajo el sol, es la Fuente. Cervantes cambió la forma de pensar, de escribir y de leer para siempre, él solo fundó una tradición artística y cultural que permanece hasta nuestros días, una manera de percibir el mundo desde una realidad y perspectiva propias de la cual nos hemos movido poco. Otorgó una buena parte del prestigio que goza nuestra lengua, la definió y la fijó: si bien nuestro idioma es algo vivo, mutable, el español de Cervantes no nos suena tan arcaico como a los ingleses de hoy les dobla el inglés de Shakespeare.
            Además de lo original en su sentido más amplio, el Quijote también es lo mejor: la novela suprema. Es todas las novelas, como sentencia García Márquez —“En Cervantes están todas las respuestas”, le dijo una noche al expresidente Clinton—. El joven Freud aprendió de forma autodidacta un perfecto español para leer al Manco de Lepanto en su lengua propia y organizó un taller de lectura del Quijote con sus colegas para “profundizar en el alma humana” —amén de la locura—.
            Al final resulta tan cercano, tan entrañable, porque lo hemos venido leyendo a través de todos los libros que le han sucedido y porque en él están todos los libros que le precedieron. El tema por excelencia del Quijote es la literatura, es su única genealogía, su realidad y su destino, igual que es la poesía en los poetas contemporáneos, en los más vanguardistas… Las técnicas narrativas de Cervantes son vigentes, identificables, incluso avanzadas para los autores de nuestra era.
            Es lo más habitual que los lectores nos sorprendamos por el tono del texto: esperamos un libro serio, elegante, antiguo, difícil… Se deja aplicar los adjetivos más elevados que alcancemos a pronunciar, sin embargo, basta leer el Prólogo de Cervantes para olvidar nuestras preconcepciones y dejarnos maravillar por su ironía, agilidad y lo divertido que resulta.
            No es poca cosa en un ser humano, por mayor artista que sea, crear algo sin precedentes, absoluto, definitivo e inmortal. No es poca cosa, además, hacerlo simpático, divertido y accesible a cualquier condición o edad. Los distintos lenguajes de sus personajes, si bien en un principio se presentan ante el lector como un desafío equiparable al del Caballero de la Blanca Luna, el transcurrir de los capítulos los torna tan familiares como el de un amigo de otras latitudes; termina embelesándonos, haciéndonos soñar en castellano cervantino.
            El acontecimiento cultural que supone, el hito que es el Quijote, la infinita complejidad y la sencillez casi infantil de sus posibles lecturas, la inagotable riqueza de su forma y de su fondo, la evolución intrínseca de su autor y su vertiginosa trama, el juego con el lector, el juego de espejos, el aplomo, la intertextualidad, el humor genial, la sorna, el rompimiento, la rebeldía, el ingenio, la deífica creatividad, la filosofía, la elegancia, en fin, la certeza estética que nos impone resulta en una experiencia que nos acompañará durante nuestras vidas.
            Uno de los pasajes más gloriosos de la historia del arte tiene lugar cuando, una vez sepultado Alonso Quijano, don Quijote de la Mancha “se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante […]  embrazó su adarga, tomó su lanza y […] salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo”.

            Les animo a hacer lo propio, a emprender la aventura y les garantizo que, una vez que se otorguen este placer impostergable, con orgullo pensarán en él a menudo… ¡Quién sabe! Tal vez hasta se contagien un poco de la lúcida locura del caballero andante, de su inconformismo, de su determinación por vivir bajo sus ideales y de luchar por hacer de este mundo algo más a su medida.

viernes, 4 de enero de 2013

Las cosas del arte


El diecinueve de noviembre es el aniversario de la muerte de mi hermano Luis Miguel. Es un día en el que siempre amanezco llorando. Esta vez fue diferente: desperté muy emocionado, pero sin lágrimas; quizás porque presentía que era necesario guardarlas para más tarde.
                Fuimos muchas veces juntos a la Plaza México, en tardes de gran expectación y también a novilladas nocturnas, bajo la lluvia y el frío. Era muy buen aficionado, de esos que disfrutan una gama muy amplia de toreros y de suertes; sensible, atento y respetuoso. Yo le decía: “Luis: me he convertido en un pésimo aficionado a los toros; sólo me interesa esa infrecuente particularidad de la tauromaquia que llamamos arte”.
                Este año tenía una gran ilusión de volver con él a la plaza, en especial porque estaba anunciado el artista en activo que más he disfrutado, el que más me hubiera gustado que viera. Le escribí ese día por la mañana, volviendo a escuchar unas bulerías que le ponía camino a los festejos: “Vente hoy conmigo, Luis, quiero contarte de tus sobrinas, del bebé que viene en camino; quiero abrazarte, dejar mis lágrimas en tu cuello, quiero verme en el júbilo de tus ojos. Vente, Luis, vamos a ver a Morante, quiero que le toques las palmas cuando borde esa media que platicamos. Déjame presumirte, caminar por Augusto Rodin con mi brazo sobre tu hombro. Vente conmigo, Luis, hoy quiero que todos sepan que eres mi hermano”.
                En compañía, además, de grandes amigos, ocupé mi barrera en la monumental. José Antonio no tuvo suerte en su primer toro. Cuando colgaron el cartel que decía “Chatote, 486 kilogramos” sobre la puerta de toriles y Morante miraba al destino con la barbilla sobre el burladero, alcé los ojos al cielo y pensé: “Venga, mi Luis, que salga el bueno”.
                El de San Isidro no se dejó torear con el capote y la esperanza comenzó a buscar recoveco en que el de la Puebla se dejara un detalle y en lo que acontecería después de la corrida. Pero entonces Morante se acomodó en un par de derechazos y todo cambió. En cuanto el sevillano tomó la muleta con la izquierda comenzaron los pellizcos y todos a gritar olés y a brincar del asiento con cada natural: le bastaron cinco para que la plaza se le rindiera. Yo quedé embriagado de inmediato y el llanto comenzó a fluir con cada pintura salpicada de albero como si el dique se estuviese cuarteando.
                «Reconciliar» quiere decir también “restituir al gremio de la Iglesia a alguien separado de sus doctrinas” y “bendecir un lugar sagrado por haber sido violado”. Luego de un cinco de febrero en que sentí que tanto los diestros como el público habían finalmente dado la espalda a cuanto me interesa del toreo, me alejé un buen tiempo de la México. Hasta la tarde que nos ocupa, mi antiguo derecho de apartado había permanecido ocupado por el eco fantasmal de los olés arrojados a aquellos brujos del siglo XX.
                Como les cuento, regresé, pues, acompañado por grandes amigos y por el recuerdo de mi hermano a renovar mis votos con el duende. Consumada la auténtica reconciliación por medio de la solera del sevillano, dejamos el coso capitalino en pos de otra emoción estética: en un restaurante nos esperaban, decantados, un par de riojas de leyenda.
                En distintas ocasiones he comentado sobre el Remírez de Ganuza Reserva 2004, ha sido un privilegio ir siguiendo la evolución en botella de este vino que parece no tener techo: al menos le quedan un par de décadas de vida y cada año se afina y redondea más. Esta vez no fue la excepción: si bien no habíamos salido del hechizo de Morante, al beber el Remírez acompañado de un jamón ibérico de bellota recién rebanado con maestría, el perfume de ambos nos elevó un suspiro más cerca de la bóveda celeste. Lo que a continuación entró por nuestras narices y se estacionó durante minutos en el paladar fue para apretar los ojos —de nuevo húmedos— y dar gracias a Dios…
                Uno de las cuatro o cinco mejores etiquetas de la Rioja es, sin duda, el Benjamín Romeo Contador. Hasta esta noche que les relato no había tenido la suerte de pasármelo por el morro. Como todos los grandes vinos del mundo, es un caldo que requiere de tiempo, de mucho tiempo. Las cosechas más asequibles pueden beberse a partir de los ocho o diez años. En este caso, la añada 2002 estaba en el principio de su madurez, lo cual hace una diferencia importante al momento de descorchar una de estas joyas.
                Se puede hablar indistintamente de estas faenas del torero y del enólogo: su expresión, profundidad, condensación, pureza, armonía, elegancia, singularidad y eslora, es decir, la vibrante emoción estética que me produjeron ambos ese día —encima compartido con tan exquisita comitiva y enmarcado por tan entrañable fecha— formuló el milagro de la anhelada reunión sentimental entre dos hermanos separados por la muerte: al ver los sobrenaturales muletazos de Morante y beber el elixir fragante de la botella de Contador, sentí a Luis Miguel tan cerca como había soñado esa mañana de diecinueve de noviembre, mientras tarareaba aquella bulería radiante que fueron sus ojos.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Golpe de timón en The Wine Advocate


Como hemos comentado en distintas ocasiones, el mercado contemporáneo del vino está subyugado por un puñado de críticos influyentes. Sus juicios fijan precios alrededor del mundo, dictan lo que ocupará los anaqueles de las tiendas especializadas —sobre todo en la superpotencia compradora norteamericana—, desprecian marcas, encumbran, rigen.
            Hace unos meses, la revista The Wine Advocate del gurú Robert Parker asignó al inglés Neal Martin, un joven escritor de vinos independiente, que asumiera las regiones reseñadas durante muchos años por el veterano Jay Miller. Durante la primavera, el primer encargo de Martin fue conformar un capítulo sobre la cata de unos doscientos vinos del Priorat y un par de episodios retrospectivos: Vega Sicilia Único y Pingus, dos luminarias indiscutibles del firmamento español. Hasta aquí, la nariz del británico mantuvo los números más o menos cercanos a los de su antecesor.
            En septiembre apareció su examen de la Rioja y las sorpresas fueron mayores. La publicación de Parker tiene la fama de preferir vinos con mucho cuerpo, una gran presencia frutal y tánica, con dilatados músculo, expresión y personalidad: vinos de corte moderno: un estilo global, según se ha dicho. Si bien las excepciones que confirman esta reputación son numerosísimas, será difícil que el abogado baltimoreano y sus asociados se sacudan esta etiqueta. Tomando como punto de referencia esta percepción típicamente pragmática de la cultura del vino, es de notar que algunos caldos de corte tradicional que hasta hace poco habían sido relegados a habitar el fondo de los escalafones riojanos, aparezcan en el artículo de Martin en la cima de la viticultura de esta celebrada región.
            Tampoco es que el flamante salomón haya de plano invertido con sus calificaciones la supuesta constante editorial del boletín: siguen apareciendo en la cumbre algunas de las creaciones de los enólogos más vanguardistas, ejerciendo una selección quizás más exigente —según su particular enfoque— de lo que un Rioja que se precie tendría que ser, sobre todo en el sentido de su particularidad.
            Entre los primeros cuarenta vinos —los que alcanzan como mínimo los 95 puntos en el artículo de Martin—, sólo podemos hallar un puñado de botellas criadas en bodegas identificadas con el nuevo estilo en la D.O.C. (Benjamín Romeo y Finca Allende) y de otros tres o cuatro productores que pretenden encontrar un equilibrio entre lo clásico y lo moderno (Telmo Rodríguez, Fernando Remírez de Ganuza, Artadi y Luis Cañas). Todo lo demás es López de Heredia, Riscal, La Rioja Alta, Muga, Cvne, Murrieta… Bodegas centenarias que mantienen el espíritu de la Rioja de largas crianzas y métodos tradicionales: lo contrario al trabajo de Jay Miller, en donde prácticamente sólo las cosechas históricas de estas casas (1870, 1879, 1934, 1942, 1945, 1952, 1954…) encuentran lugar en estos cielos.
            Si bien nuestros gustos no se ajustan a los criterios de los críticos, no hay empacho en reconocer que es agradable enterarse de que los líderes de opinión confirman nuestras intuiciones: lo degustado y atesorado por décadas por fin encuentra su lugar en el podio global. Nos ha dado gusto esta revalorización de la Rioja clásica, quizás con la salvedad de que sus precios, moderados por los años de lejanía con la moda, sin duda volverán a subir. En unos años el péndulo volverá a dar su bandazo, mientras tanto, nos abocaremos a buscar esos grandes riojas que se salgan del candelero.
            Hasta aquí, todo bajo control. Pero las revisiones recién salidas del horno de Neal Martin no dejan de evidenciar el apuntado cambio de rumbo; verbigracia: sin salirse aún de la península ibérica, el crítico inglés califica ahora en noviembre a la cosecha más reciente de Quincha Corral, la 2009, con 86 puntos. En dos distintas ocasiones, sólo hace unas semanas, tuvimos la fortuna de catar la colecta 2001 de este vino doblemente único: un cien por ciento bobal [¿bo… qué? —una variedad de uva supuestamente austera, típica de la región valenciana—] que de forma insospechada impuso su carácter en mesas presididas por contendientes míticos, como Valsotillo Gran Reserva 1994, Arzuaga Gran Reserva 2001, Numanthia 2004 o Malleolus de Valderramiro 2001.
            No llama tanto la atención que el también terapeuta infantil, el doctor Jay, haya otorgado en su momento 95 puntos a esta joya sorprendente, sino lo que entonces escribió sobre él: “una mezcla hipotética de un grand cru de burdeos y un encumbrado rhone septentrional de Hermitage”. Si bien no hemos probado la cosecha 2009 de este mustiguillo (que está considerada tan buena como la 2001 en este pago utielano y que José Peñín califica con los mismos 95 de Jay Miller-2001) nos cuesta creer que haya descendido tanto su calidad como lo propone Martin.
            Pero la cosa no para allí: en la misma edición de la revista, Neal reseña casi mil etiquetas de Argentina. Lo primero que salta a la vista y mete a nuestra hipótesis (banal, quizás, pero sin duda sabrosa) dentro de lo razonable es que, en un país en donde la calidad de las cosechas es bastante regular, la distancia entre los puntajes otorgados por Miller y los del nuevo árbitro sea tan sustancial.
            Sin ir más allá, algunos de los vinos históricos del país andino, como el Achaval Ferrer Finca Altamira 2006 es recortado hasta en 4 puntos por Martin, lo cual representa, en estas cimas, todo un cambio de liga y ¡estamos hablando del mismo vino!, incluso, de uno seguramente más redondo y más cercano a su plenitud para esta nueva fecha de cata. Casi toda la gama de Achaval, una de las bodegas encumbradas por Miller, sufre un bajón similar.
            Lo mismo sucede con Viña Cobos: el casi perfecto para nuestra alma Malbec Marchiori Vineyard 2006 que reseñamos el año pasado (99 puntos, Miller), un vino que superó los 95 puntos de la publicación que nos ocupa durante diez años consecutivos, cae a los 92 puntos dentro del paladar de Neal en su versión 2010.
            Todo este análisis no saldría de lo anecdótico y lo obvio cada nariz es un mundo si no fuera porque lo que un aficionado al vino espera de su abogado, primordialmente, es honestidad, pero también consistencia. Si uno va captando el gusto de un crítico será más provechosa su guía; si se sabe que Parker, es decir, si se sabe que sus asociados desvalorarán, por ejemplo, el estilo más clásico de la Rioja y supervalorarán todo lo que produce o importa a su país Jorge Ordóñez, podremos ajustar su evaluación a nuestro paladar al momento de la compra, que es para lo que sirve gastarnos unos dólares en la suscripción.
            Se conoce (ya instalados en este ánimo), por ejemplo, que a los catadores de Wine Spectator no les parece extraordinario ningún vino español de este siglo que no haya sido criado en las cavas de Emilio Moro, Numanthia o LAN; que Peñín está convencido de que un fino La Ina es tan soberbio como un Pingus y que a todos los críticos afamados les huele casi igual un muy buen Mas La Plana que un sobrenatural Grans Muralles, ambos de Torres. Pero eso ya se conoce. La cuestión es andar rastreando en el celular al autor de determinada nota dentro de una misma web cuando estamos frente a trescientas opciones en la tienda…
            En fin, esto no es más que una de las partes lúdicas de la afición enológica. Como todas las artes, la música esencial de la vinicultura sólo resuena en los sentidos de quien la disfruta.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Una historia personal de Camarón


Declaro que José Monge Cruz, Camarón de la Isla, linaje y revolución del arte flamenco, patriarca y mesías de los gitanos, príncipe de los artistas, el más ilustre y portentoso cantaor gaditano, se me ha aparecido tres veces antes de cumplir veinte años de muerto.
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            Dicen que este dos de julio cumplimos dos decenios sin Camarón. Yo, al menos, no lo he extrañado. Recuerdo que aquella húmeda noche de jueves del verano de 1992 iba manejando en la carretera, solo, hacia San Luis Potosí. En cuanto cerró el fandango, me imaginé al de la Isla parándose de la silla con su característico ademán de «ahí queda eso», expulsé el caset de París 1987 para detenerme a cargar gasolina y entró por las bocinas una bulería suya. Pensé que se había quedado la cinta dentro, saqué la cajilla de plástico completamente, le di un par de golpecitos por costumbre y su cante no cesó. Me desconcertó escucharlo por la radio, en aquel tiempo no sonaba ni en la de Andalucía: subí el volumen y oí a un periodista de deportes aficionado a los toros (Camarón fue novillero y estuvo siempre muy cerca del mundo taurino) dar la noticia de su muerte.
            José Monge Cruz tenía entonces 41 años, dos más que yo cuando escribo esto. Su enfermedad adictiva había sido exhibida sin decencia por los medios mientras sufría de cáncer prácticamente en secreto. El locutor dijo que había “fallecido en Barcelona, por causa de una sobredosis” (días después me sentí indignado por aquella nota irresponsable e irrespetuosa, al confirmarse que había muerto de una insuficiencia ocasionada por la metástasis pulmonar). Yo conocía el rumor de que llevaba meses enfermo, que había estado en Houston; que tenía desde enero sin cantar; de sus dificultades en el set de la película Sevillanas, de Carlos Saura, por la salud… Seguí pues mi camino en completo silencio, llegué a mi destino y le robé a mi Güelu medio vaso de güisqui: un “pelotazo” como los que bebía Camarón.
            Mi Güelu, mi abuelo Jorge Fernández Ozores, fue quien que me lo presentó —como tantas otras gemas en mi vida—. Atesoraba una cinta que le había enviado desde Vancouver un amigo suyo, también aficionado al cante, grabada en directo por él mismo en una juerga flamenca con el genio de San Fernando y con Paco de Lucía. Años después, un colega de cuyo nombre no quiero acordarme regrabó a Mc Hammer sobre la joya irrepetible. Aunque durante la adolescencia era mi hábito atormentar a mis amigos en las fiestas y en los viajes con mis casets del de la Isla, no fue razonable el correctivo: sigo pensando que aquella catástrofe fue un verdadero acto de terrorismo cultural. Aunque siempre extrañaré ese audio inédito, no extrañé entonces a mi cantaor.
            El primer disco compacto que compré fue uno de José Monge. Poco a poco reuní mi colección. Seguí intentando compartir su arte, ahora sólo con las personas que mostraban cierta disposición: los cargaba a todos lados en una cajita de madera, sin perderlos de vista, en espera de que se presentara el ambiente necesario para escucharlo. Cuando había juntado los diecisiete discos que editó en vida, mi compadre Juanjo se llevó mi ejemplar de Flamenco vivo a su casa de Valle de Bravo. A media noche, un enigmático ladronzuelo corrió la puerta de su habitación, que daba al bosque, y sustrajo, entre otras cosas, su grabadora, con mi disco dentro. En esos años era muy difícil conseguir los álbumes, había que importarlos, eran costosos, algunos estaban descatalogados… Una vez repuesta, mi arca del cante no volvió a salir de casa.
            Salieron, sin embargo, muchas copias conmigo y para otros. En mis tiempos de novillero llevaba su duende en los audífonos mientras soñaba el toreo, dando capotazos a un toro imaginario en la soledad de un salón o en un paraje apartado. He seguido comprando sus discos (algo más accesibles luego de su desaparición), en honor a mi deuda con el abuelo, para regalar a almas cabales que terminaron siendo —felizmente— más camaroneros que yo. El vínculo taurino obtuvo sus mejores frutos, no sólo por la colindancia histórica entre ambas expresiones, sino por la disposición de quien disfruta estos ejercicios espirituales: recuerdo algunos viajes con mi compadre Alejandro, cantando “Soy gitano” hasta quedarnos roncos. Hasta mi compadre Emilio —en un principio enganchado bajo la invocación de que el histórico cantaor Silverio Franconetti tenía origen romano— llegó a degustar a su aire los cantes de la Bahía.
            Me acompañó la voz de José hasta las entrañas de la tierra: en una pequeña playa, en lo más hondo de una gruta inmensa, pasé la noche escuchándolo, buscando la cercanía con la profundidad de su quejío. Y hasta las nubes: Camarón fue mi alivio —mi vínculo, mi hogar— en vuelos largos y lugares extraños. Incluso llegué a coquetear con el tatuaje de la luna y la estrella, a juntar en mi pecho una buena cantidad de amuletos, cadenas y pendientes, de pulseras y anillos en mis manos que portaba sin pudor imitando a mi héroe artístico. Tampoco entonces, cuando encontrar cualquier imagen suya era un acontecimiento, lo extrañé.
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            Finalmente fui a buscarlo a España, aunque tenía siete años de muerto. Llegando a Madrid compré la biografía que escribió Francisco Peregil, que leí en una noche. “Tenía que ir a Madrid. Es donde el artista —igual que el futbolista, igual que el torero— se hacen” dijo en una entrevista en 1988. Lo busqué en el tablao Torres Bermejas, luego en el rastro madrileño: pasé dos días con una gitana vieja que le había dado de comer, aprendiendo frases en caló y la música de los gritos de las vendedoras zíngaras. El fundamento musical de Camarón fue, creo, esta natural forma de hablar de su pueblo, tan armónica como un instrumento de viento en boca sabia.
            De paso por Guadalajara, Alcalá y Sevilla, llegué a Jerez siguiendo a Curro Romero, uno de esos genios que supieron valorarlo —y consentirlo—, quizás porque se reflejaba en el azogue de su arte. A la mañana siguiente de la vendimia y de la fiesta de la bulería jerezanas, tomé el coche hacia Cádiz. Se celebraba el XXVII Congreso Internacional de Arte Flamenco y homenajeaban a Camarón.
            Ya en San Fernando, un jueves 9 de septiembre de 1999, me acerqué a comer a la Venta de Vargas, mítico parador que vio nacer como artista a su ilustre vecino. Allí me encontré al cantaor Rancapino, su amigo de juventud, y a Raimundo Amador, con quien grabó La leyenda del tiempo. En el bar, medio sentados en un par de bancos altos, nos comimos unas tortillitas de camarón (en Cádiz, los camarones son muy pequeños, casi transparentes; de allí surgió el mote: de niño, José era muy delgadito y rubio) y dos fuentes de mariscos que apenas cabían en la amplia barra, acompañadas con una manzanilla de Sanlúcar que escurría por fuera de su helada botella todas las gotas saladas de la bahía. Tocando palmas a un niño de unos diez años que cantaba como no había escuchado cantar a ningún infante, nos fuimos caminando al atrio del ayuntamiento, donde Tomatito, su fiel guitarrista de los últimos años, encabezaría el concierto multitudinario.
            El cartel del acontecimiento estaba tan cotizado en la ciudad y sus alrededores, que tuve que dejarle a cambio al dueño del bar adyacente a la plaza el tequila que iba a regalarle a mi anfitrión. Una vez en mi sitio, una brisa fresca, casi cítrica, ventiló el bochorno salinero que había dejado la llovizna; entonces apareció José Fernández y las notas de su guitarra ondearon el pelo de los asistentes con su levante almeriense. Además de mis comensales de ese día, figuras como Carmen Linares, Marina Heredia, Juan Habichuela y Niña Pastori fueron tomando su turno para ser acompañados por el Tomate y recordar al cañaíllo. Ni en el vidrio que condensaba, ni el viento que inundaba… yo ya no sabía dónde esconder mis lágrimas. Vino entonces la hora de asistir a la Peña de Camarón y retomamos la Calle Real para llegar al recinto.
            Una peña flamenca no es un tablao. Tampoco es un teatro. Si bien la de Camarón de la Isla era muy reciente en comparación con algunos ejemplos trianeros o granadinos, puedo decir que, al menos hace doce años, era la madre entre las de su clase. Si en Euskadi la miga de las sociedades gastronómicas está en los fogones, en el rincón del sur el acento está en el escenario. Pero el arte allí no se escenifica: como en cualquier cofradía, se comparte. La peña de San Fernando tenía unas veinte mesas en la planta baja y unas ocho en el sotabanco, las paredes apilaban cuadros y carteles que no pude revisar en su totalidad y tenía un ambiente encendido, entrañable, con la gente muy atenta y sensibilizada, como en un suceso histórico: todos nos conocíamos por el hecho de estar allí.
            Luego de las extraordinarias actuaciones del concierto, la intimidad de la peña —a donde había sido más difícil entrar esa noche que a ningún prestigioso antro de Madrid— recibió con gusto a los artistas locales con menos trayectoria. Entonces, detrás de una bambalina, apareció mi Camarón por primera vez. El barullo desapareció de inmediato, las copas (por cierto, en este lugar se interrumpe el servicio mientras los artistas están sobre el entablado) dejaron de encontrarse unas con otras. Con el auditorio en completo silencio, Camarón se acomodó en su silla de madera y comenzó a limpiarse la garganta.
            “El Pijote” es uno de los hermanos mayores de José. Su parecido físico, el viento gaditano, el fino de Sanlúcar y las emociones acumuladas durante el día bastaron para que el fantasma se materializara. Hasta que concluyó la larga e inspirada introducción del guitarrista salimos del pasmo. Entonces, del pecho de Jesús Monge Cruz salieron los primeros ayes, desvelando el secreto de las esencias canasteras y fragüeras, con un cante tan reminiscente del genio como desnudo y personal. Tras la breve aparición, el estruendo de aplausos y oles volvió a esconder al gran Pijote detrás del fraternal mito. Nunca he extrañado menos a Camarón que en esa noche de ensueño.
            “Viva la noshe y muera er día” se le salió en una entrevista. Cerca de la hora en que los bares van enfilando sus tapas dentro de sus vitrinas, el barullo de los pocos excursionistas que desocupaban el hostal me hizo despertar y, tras una tostá y un café, salí a buscar el origen de José Monge. Siempre he sido una persona muy tímida: sólo la generosidad de los andaluces y el sutil acento potosino me habían llevado tan lejos; si mi búsqueda era exitosa, me limitaría a observar la fachada e imaginar los días de la fragua: ni pensar en ir preguntando si allí había vivido Camarón... Las direcciones proporcionadas el día anterior me enfilaron hacia el barrio de Callejuelas, entre callejas desiertas de gitanos y moscas tomando la siesta.
            ¿Dónde lo encontraría, en la calle del Carmen, en Orlando, en la calle de la Amargura? Los frontispicios de sus primeros años: la casa donde nació, las fraguas donde su padre marcaba con el martillo y el yunque el compás de su niñez. No tuve mucha suerte en esta incipiente ruta de Camarón: encontré la casa del Carmen y la fragua de Amargura, las observé un momento, pero mi natural facilidad para coger en el rostro el color del crustáceo cocido me impidió tocar a las puertas.
            Pensando en los frutos del mar, tomé de nuevo camino hacia la Venta de Vargas. Había andado un par de cuadras cuando me topé con la plaza de toros de San Fernando. El sol a plomo me hizo buscar una sombra y sentarme a beber una botella de agua en la banqueta desolada. El viento colmado de salmuera sopló de nuevo y mi Camarón se apareció por segunda vez. Con la cara cubierta por la boina y las botas por el albero, la imagen en sepia de un Camarón adolescente asomó su cuerpecillo menudo por la puerta de taquillas del coso, se echó el lío de maletilla al hombro, cerró la puerta y desapareció calle abajo, canturreando y dando muletazos con el dorso de la mano. Tampoco lo extrañé aquel viernes señero al alejarme de la Isla de León, camino hacia África.
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            Durante años, Camarón fue el protagonista sobre todo de mi soledad: entorno indispensable para poner todos los sentidos en su arte; única forma de acercarse a su complejidad, a su paleta inagotable de registros. Con mis amigos flamencos hubo pocas ocasiones y pocos espacios para escucharlo como Dios manda. Pero un día la vida me regaló la oportunidad de mudarme con mi hermano Luis Miguel y dentro de nuestro pequeño departamento fundamos juntos —entre otras cosas— un enclave musical impecable y próspero.
            A mi hermano lo he extrañado todos los días desde que se fue. En muchos sentidos él sí me dejó desamparado. Lo extraño cuando escucho la canción que Camarón grabó —sin encontrarse nunca— con Ana Belén: “Amor de conuco”, su preferida de nuestras sesiones. Lo extraño también cuando oigo la versión de “Contigo” de la Niña Pastori, que traía en la maleta para regalarle el día que no volví a verlo… En fin, mi hermano tenía una sensibilidad colosal: era capaz de sumirse conmigo en una seguiriya y luego sorprenderme durante su turno con cualesquiera de sus descubrimientos troveros. Pero principalmente, era un palmero prodigioso: podía seguir el compás de cualquier palo sin conocerlo de antemano y marcarle el contratiempo a cualquier profesional en un tablao.
            Finalmente hizo su aparición en nuestras vidas el ubicuo Youtube y los resquicios por donde es posible meter al flamenco se multiplicaron: aunque sigue siendo difícil encontrar el momento idóneo durante una reunión destinada a compartir videos, en estos días las imágenes ayudan a recoger y —en algunos inolvidables casos— mantener la atención de los asistentes mientras José se rompe en un fandango grabado en directo. Menos que antes lo he extrañado ahora.
            Les he cantado —siempre en voz baja, a veces en secreto— la “Nana del caballo grande” a mis ahijados y sobrinos. A mi hija, de vez en cuando, muy atento a sus gestos, le pongo a Camarón, sobre todo algunos tangos: después de tantas experiencias desafortunadas, me aterroriza que llegue a percibirse como una imposición. Me tardé veinte años en imponerlo a mis lectores. Si bien es el cantaor más popular de todos los tiempos, el cante, en general, sigue siendo un arte menospreciado por el gran público: la guitarra de Paco de Lucía y el baile de Joaquín Cortés son los referentes más inmediatos. Génesis del arte, es ahora acompañamiento.
            Lo descubrí —gracias a la improbable pero sensible afición de un abuelo asturiano— durante la secundaria, cuando encontré que ese eco intuitivo que había resonado siempre dentro de mi cabeza se llamaba flamenco; creció cuando era la música más remota e impertinente dentro de los círculos geográficos y sociales de mi adolescencia; fue bandera de mi rebeldía, orgullo de mi personalidad en cierne; maestro y sinodal del sueño taurómaco… sin embargo, para no caer en lugares comunes, aún no me atrevo a intentar precisar en dónde reside el arte poderoso y elegante de Camarón de la Isla.
            Hace unas noches, ya casi de madrugada, redactando este texto, vino mi Camarón por tercera vez: encontré un video —inédito para mí— de sus famosos conciertos en París. Tiene muy buena calidad, a diferencia de la mayoría de grabaciones de aquellos tiempos. Me quedé absorto viendo y escuchando a un José muy entero, sabio, maduro, de vena, concentrado, sensual, disfrutando el cante.
            En unos tangos, el de la Isla arriesga con mucha valentía una nota que parecía imposible de alcanzar; con las venas del cuello a punto de explotarle, acude a lo más profundo de su vientre, alarga aún más el quejío que retruena con su brutal honestidad y remata con un timbre majestuoso, grácil, casi tierno. Al tener puestos los audífonos, no medí el olé que se me salió del corazón y mi esposa bajó, asustada, a ver por qué había gritado. Una vez aclarado el arranque, volví a cerrar los ojos y observé a José mirándome con su sonrisilla maliciosa, satisfecho por haberme provocado una situación comprometida.
            Las palabras de Camarón eran «perdurar» y «transmitir». Al no haber hablado nunca con él, al no haber tenido el privilegio de su presencia, lo que ha quedado en mí ha sido su arte. Su estremecedor, todopoderoso y sofisticado arte. La transmisión, la emoción estética que ha logrado producirme a través de los años ha sido tal que no he podido comenzar a echarlo de menos: no lo he extrañado en estos veinte años, no lo extraño hoy, quizás no lo extrañaré nunca. Su cante perdura porque está formado por el mismo júbilo y por el mismo dolor profundo que es vivir.