viernes, 4 de enero de 2013

Las cosas del arte


El diecinueve de noviembre es el aniversario de la muerte de mi hermano Luis Miguel. Es un día en el que siempre amanezco llorando. Esta vez fue diferente: desperté muy emocionado, pero sin lágrimas; quizás porque presentía que era necesario guardarlas para más tarde.
                Fuimos muchas veces juntos a la Plaza México, en tardes de gran expectación y también a novilladas nocturnas, bajo la lluvia y el frío. Era muy buen aficionado, de esos que disfrutan una gama muy amplia de toreros y de suertes; sensible, atento y respetuoso. Yo le decía: “Luis: me he convertido en un pésimo aficionado a los toros; sólo me interesa esa infrecuente particularidad de la tauromaquia que llamamos arte”.
                Este año tenía una gran ilusión de volver con él a la plaza, en especial porque estaba anunciado el artista en activo que más he disfrutado, el que más me hubiera gustado que viera. Le escribí ese día por la mañana, volviendo a escuchar unas bulerías que le ponía camino a los festejos: “Vente hoy conmigo, Luis, quiero contarte de tus sobrinas, del bebé que viene en camino; quiero abrazarte, dejar mis lágrimas en tu cuello, quiero verme en el júbilo de tus ojos. Vente, Luis, vamos a ver a Morante, quiero que le toques las palmas cuando borde esa media que platicamos. Déjame presumirte, caminar por Augusto Rodin con mi brazo sobre tu hombro. Vente conmigo, Luis, hoy quiero que todos sepan que eres mi hermano”.
                En compañía, además, de grandes amigos, ocupé mi barrera en la monumental. José Antonio no tuvo suerte en su primer toro. Cuando colgaron el cartel que decía “Chatote, 486 kilogramos” sobre la puerta de toriles y Morante miraba al destino con la barbilla sobre el burladero, alcé los ojos al cielo y pensé: “Venga, mi Luis, que salga el bueno”.
                El de San Isidro no se dejó torear con el capote y la esperanza comenzó a buscar recoveco en que el de la Puebla se dejara un detalle y en lo que acontecería después de la corrida. Pero entonces Morante se acomodó en un par de derechazos y todo cambió. En cuanto el sevillano tomó la muleta con la izquierda comenzaron los pellizcos y todos a gritar olés y a brincar del asiento con cada natural: le bastaron cinco para que la plaza se le rindiera. Yo quedé embriagado de inmediato y el llanto comenzó a fluir con cada pintura salpicada de albero como si el dique se estuviese cuarteando.
                «Reconciliar» quiere decir también “restituir al gremio de la Iglesia a alguien separado de sus doctrinas” y “bendecir un lugar sagrado por haber sido violado”. Luego de un cinco de febrero en que sentí que tanto los diestros como el público habían finalmente dado la espalda a cuanto me interesa del toreo, me alejé un buen tiempo de la México. Hasta la tarde que nos ocupa, mi antiguo derecho de apartado había permanecido ocupado por el eco fantasmal de los olés arrojados a aquellos brujos del siglo XX.
                Como les cuento, regresé, pues, acompañado por grandes amigos y por el recuerdo de mi hermano a renovar mis votos con el duende. Consumada la auténtica reconciliación por medio de la solera del sevillano, dejamos el coso capitalino en pos de otra emoción estética: en un restaurante nos esperaban, decantados, un par de riojas de leyenda.
                En distintas ocasiones he comentado sobre el Remírez de Ganuza Reserva 2004, ha sido un privilegio ir siguiendo la evolución en botella de este vino que parece no tener techo: al menos le quedan un par de décadas de vida y cada año se afina y redondea más. Esta vez no fue la excepción: si bien no habíamos salido del hechizo de Morante, al beber el Remírez acompañado de un jamón ibérico de bellota recién rebanado con maestría, el perfume de ambos nos elevó un suspiro más cerca de la bóveda celeste. Lo que a continuación entró por nuestras narices y se estacionó durante minutos en el paladar fue para apretar los ojos —de nuevo húmedos— y dar gracias a Dios…
                Uno de las cuatro o cinco mejores etiquetas de la Rioja es, sin duda, el Benjamín Romeo Contador. Hasta esta noche que les relato no había tenido la suerte de pasármelo por el morro. Como todos los grandes vinos del mundo, es un caldo que requiere de tiempo, de mucho tiempo. Las cosechas más asequibles pueden beberse a partir de los ocho o diez años. En este caso, la añada 2002 estaba en el principio de su madurez, lo cual hace una diferencia importante al momento de descorchar una de estas joyas.
                Se puede hablar indistintamente de estas faenas del torero y del enólogo: su expresión, profundidad, condensación, pureza, armonía, elegancia, singularidad y eslora, es decir, la vibrante emoción estética que me produjeron ambos ese día —encima compartido con tan exquisita comitiva y enmarcado por tan entrañable fecha— formuló el milagro de la anhelada reunión sentimental entre dos hermanos separados por la muerte: al ver los sobrenaturales muletazos de Morante y beber el elixir fragante de la botella de Contador, sentí a Luis Miguel tan cerca como había soñado esa mañana de diecinueve de noviembre, mientras tarareaba aquella bulería radiante que fueron sus ojos.

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